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Por tus Ojos Escrito por Natalia León Amador
--Lo siento señora, su bebé ha nacido ciego.
Ella lo tomó en brazos y le besó la frente aún pegajosa. Luego le besó los ojos lento, muy lento, y lo apretó contra su cuerpo.
—No me importa. ¿Está sano? Dígame que todo está bien.
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El médico la miró espantado ante su indiferencia por la ceguera de su hijo. Tartamudeó un par de veces hasta que logró sacarlo de su sistema.
—A parte de ser ciego, está bien—y se fue.
La mujer lo observó en silencio después de escuchar su frase hiriente, y mientras volvía a besar a su bebé, una lágrima tímida y muda corría por su mejilla izquierda.
22 años después
Estaba sentado en una mesa cualquiera en la plaza con los ojos cerrados y un bastón a medio apoyar sobre las piernas. El clima de la primavera que no logra ponerse de acuerdo entre el calor y el frío lo agobiaba. Las alergias se le despertaban todas y no podía concentrarse. O respirar. Acechaba paciente a que llegara alguien que hace mucho esperaba pero que nunca llegaba. Abrió un periódico y simuló leerlo con las gafas oscuras sobre la nariz. Poco sabía él que lo sostenía al revés.
Del otro lado de la plaza lo observaba una mujer. La plaza, vacía mientras media ciudad intentaba dormir para levantarse el lunes temprano, invitaba a observar a la gente que, turista y no turista, se contoneaba en busca de comida o de pasar un rato. Laura llevaba un buen tiempo sentada en esa silla. Tomaba una foto de vez en cuando, pero tuvo que apagar la cámara cuando lo vio. No lo podía creer. Así que lo observó. Se quedó estática esperando a que él hiciera algo. Pero ni se levantaba, ni hablaba con nadie, y al parecer, no esperaba que nadie le hablara. ¿Quién más leería un periódico al revés, de noche, con gafas oscuras?
De pronto, mientras Laura esperaba que algo sucediera, él se levantó. Dobló el periódico en un desastre, demostrando así que en su vida había usado uno antes. Guardó la silla en la mesa y con su bastón comenzó a ver hacia donde iría por la plaza. Se quitó las gafas negras guardándolas en un bolsillo de su abrigo ligero para revelar unos ojos blancuzcos, lechosos, entre muerte y ceguera.
Él estaba bastante alejado, en un esquina de la plaza y Laura en la otra. Estaban separados por una fuente gigante con algún personaje desnudo e importante. Se tambaleaba de un lado a otro, mostrándose torpe y atemorizado. Su bastón lo guiaba con dificultad, como si nunca lo hubiese usado. Entonces comenzó a crecer una duda en su mente al ver como él se iba acercando poco a poco hacia ella.. Llegó a la fuente y se sentó. Al parecer estaba agotado. Se había golpeado con 3 mesas, un hombre, su perro, un cochecito, una española enfurecida y un farol. Se veía la frustración en toda su expresión corporal. Vio como respiró profundo, agarró el bastón y volvió a emprender el camino. En ese instante logró ver como abrió los ojos para mostrar unos párpados que no escondían ojos reales, la miró directo a los ojos y frunció el ceño. Los volvió a cerrar al instante. Se quedó sin aire. Estática. De piedra. Sintió el frío recorrer todos sus huesos. No se movió.
Él empezó a caminar más seguro, usando menos el bastón y tropezando con escasez. Su ansiedad se podía saborear en el aire y en la sonrisa macabra que se había dibujado en su cara: lo había visto antes. Estaba segura ahora. Tenía que ser él. Empezó a guardar con afán la cámara desbaratada que tenía en la mesa, junto con el moleskine, el estilógrafo, los cigarros y las cerillas. Las manos le empezaron a temblar mientras las ideas y las acciones se contradecían las unas a las otras. Hasta que logró tener todo adentro de la cartera y se levantó. Y ahí estaba él, agarrándole el brazo por encima del codo con fuerza. Sonriendo.
—Siéntate—su voz estaba arrugada. Podía sentir la amargura que la había cambiado. Ella trató de cerrar la boca y se sentó dejando caer la cartera con todo lo que tenía adentro.
—¿Cómo me encontraste?—logró decirle en medio de un suspiro.
—No te encontré. Te esperé. Sabía que volverías aquí algún día. Así que esperé.
—Más de 20 años... cómo carajos espera uno más de 20 años... Lo siento, siento mucho lo que te sucedió. Todos pensamos que la operación funcionaría. Siempre había funcionado. Lo siento... por favor, déjame ir. Sabes que lo siento.
—Y yo. Pero ya no tanto. Encontré una solución. Es temporal. No dura mucho. Pero cualquier cosa es mejor a esta oscuridad. A la total y absoluta oscuridad. ¿Sabes lo que se siente vivir en oscuridad? Ay, Laura... sólo tengo que acercarme lo suficiente.
—Pero, ¿qué dices? Eso es imposible. Lo sabes. Sabes que es algo de nacimiento. Vamos, tus ojos..
Entonces la besó en la boca, succionó, succionó, succionó... hasta que ella cayó con los ojos convertidos en nubarrones blancos sobre la mesa, muerta, haciendo un estrépito que todos ignoraron entre el ruido de la plaza. Él inhaló todo el aire que le cabía en los pulmones con una sonrisa de primero de enero que se enfrenta con esperanza. Abrió los ojos, enfocó la vista y logró ver la plaza en la que se encontraban. Ahora sus ojos eran de un color verde pardo. Como los de Laura. |
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