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Escrito por Andrés Pinzón
S entado tranquilamente en el sofá de tapizado verde instalado en el balcón dos años atrás, con la mano derecha sosteniendo la cabeza y ese tardo respirar que expulsaba la histeria representada en el lugar de trabajo. Instalado adrede para demostrar frescura, un poco de modernidad, en el sentido lato de la palabra. Allí pasaba gran parte de la noche, hasta que la rinitis lo obligaba entrar con un ataque de tos y rasquiña. Vagaba en oleadas de pensamientos, concentrándose en recoger los sonidos de la calle: los vagabundos que orinaban en la acera frontal del caño, las ratas que mascaban los residuos de basura, el agua bajando lentamente por el arcaduz, toda una sinfonía urbana de sosiego. De pronto cruzaba una alarma de ambulancia avisando que la vida es muy frágil y los humanos débiles, y un avión zanjaba el cielo amenazando con cortarle la cabeza, muy cerca quedaba el aeropuerto principal de la capital. Pitos de carros, chillidos de mujeres golpeadas por machomanes que llegaban borrachos a afirmar sus votos de amor, insectos derramando sus últimos segundos de vida y el maldito ruido de un televisor que se entresijaba por uno de los conductos de energía. Sí, ése era el lugar preferido para descansar del diario esfuerzo, la cotidianidad aplastante del trabajo privado, esa que le había robado la espontaneidad de vivir sin planificar la existencia. Ahora hasta los descansos eran planificados, toda la existencia se reducía al ciclo de calidad de ISO 9001. ¡Basura! Pero, ¿qué le vamos a hacer? Ese era su tiempo histórico, y en el fondo disfrutaba de todas las ridiculeces serias que lo abatían.
Le fascinaba observar la caravana de dioses que paseaban por el cielo envueltos en carruajes de nubes, acompañados de misteriosos cuerpos perforados por el viento, sonidos apabullantes y vuelos de aves. Le encantaba imaginar que el agujero negro del centro de la galaxia empezaba a contraerse tragándosela lentamente, hasta que sus ojos brotados veían un último tirón de vida. En ese lugar ponía a prueba la base materialista de la historia humana, atribuyéndole a la Mantícora veneciana la causa principal de la Conquista de América.
Su vida realmente transcurría en esos instantes nocturnos, los días inundados de sol donde trabajaba para poder pagar ese apartamento con vista al caño y oído a los sonidos de la vida post moderna, no alcanzaban a darle sentido a su existencia. Tenía una novia, hermosa, con una sonrisa inolvidable, varios años más joven que él, algunos libros, algunas canciones y un par de argumentos para defenderse de los demás. Pasaba indiferente por la oleada de muertes que animan la historia de la humanidad, escuchando en silencio el paso arrollador de la injusticia humana sobre sí misma. Hace muchos lustros que se había desencantando del debate político, prefiriendo visionar un mundo destrozado por la cultura humana, convertido en un basurero de causas perdidas y hermosos fracasos (los viejos historiadores los llaman consecuencias). Sólo le interesaban las catástrofes y los holocaustos. Otra vez Indonesia golpeada por un tsunami, siempre su desdichada patria abatida por la corrupción y la miseria, ahora le tocaba a Venecia que cada día olía más a cañería, definitivamente Dios no tiene preferencias, el gran imperio de nuevo sentía el terror avecinarse desde las Bahamas. La catástrofe es cotidianidad en el universo, pensaba, mientras observaba con ella sobre su pecho un choque entre dos asteroides que habían escapado impunemente del cinturón que adorna la esbelta cintura del sistema solar.
Intentaba de muchas formas no ilusionarse, prefiriendo las lecturas antiguas, donde la tragedia se imponía ante la comedia y algunas modernas, repletas de fracasos e historias decadentes. Había guardado bajo llave la hermosa obra de Michel Ende, considerándola perversa y nociva para su vida. Era la única obra literaria que archivaba completa y en su puerta había puesto a Cuélebre para que la vigilara. Sólo esa hermosa jovencita tenía acceso a los libros de Ende.
Se había entregado en el último año a la lectura de un solo libro, repasándolo todas las noches antes de salir al balcón nocturno, ya que en el día la puerta se encontraba cerrada sin posibilidad de abrirla. La llave se la entregaba un vecino amigo a las 8 de la noche, después de recogerla a las 7 de la mañana en portería. Odiaba la cotidianidad, por ello la vivía intensamente. El libro es una obra escrita por Robert Graves, si mal no recuerdo.
Su novia lo visitaba casi a diario, lo amaba casi honestamente, como la canción de Megadeth, pero en la versión unplugged en la ciudad de Buenos Aires, que es mucho peor que la versión original. Siempre llevaba algo de comer en su maletín color negro, sabía que los pensamientos de su amado eran tan arraigados y sólidos, que casi siempre olvidaba comer. Lo escuchaba con entusiasmo, a pesar de la poca animosidad de sus charlas, todo en él era denso, hasta sus ademanes. Casi todas esas conversaciones desembocaban en la señalización de la muerte, evocando la frase de la canción de los Queens Of The Stone Age: Free is too long. Y rematando: me gustaban más los Screming Trees. Ella lo sabía, ese preámbulo aburrido era el protoplasma necesario para germinar los besos que tanto deseaban. Si algún día decides no volver, sabré entenderlo. Otro beso, una caricia, un abrazo que absorba todos los pensamientos y hasta mañana, enredado entre las sábanas se quedaba su verdadero deseo: quédate esta noche en mi cama, y si quieres mañana, y después de mañana cuando llegue otra noche. Su corazón quedaba estacionado en el umbral. Ojalá algún día entiendas por qué siempre decido volver, decía ella acariciándole el rostro. Esa frase le entraba como un puñal por las entrañas. Se daba cuenta que la amaba, desatándose un odioso caudal de ternura. Al desaparecer su sombra en la profundidad del otro piso, golpeaba la puerta prometiendo no volverla a abrir. La puerta sonreía. Igualmente mañana rompería la promesa, you know this is wrong. Al fin y al cabo, ninguna promesa vale la pena si no se rompe alguna vez, y ella era todo lo que él había buscado entre los ramajes de la gente.
Esa noche los besos se alargaron también. Salió al balcón casi a las once. Se hubiese quedado, volvió a pensar amorosamente, pero ni siquiera fui capaz de decírselo, siempre acallando mis deseos. Unos gritos en la calle se colaron por el muro exterior. Unos mendigos robaban una mujer hermosa, mucho más joven que él, con una sonrisa inolvidable y capaz de adormecer a Cuélebre. Ella forcejeó y le enterraron los cuchillos oxidados que cargaban varias veces hasta el fondo. ¿Cuál fondo? Un cuerpo no tiene fondo. El fondo de la mente de él, que miraba aterrado como su amada caía al caño con la mirada clavada en el balcón, quizá buscándolo, quizá despidiéndose. Cayó en el sofá de tapizado color verde. Le dije que no se ilusionara, que la muerte era el único destino, que no le abriera la puerta, pero ese pedazo de madera siempre sonriendo ante los toc toc de esos dedos alargados. Pero, ¿y ella? Su amor, sus besos, sus caricias, su perfume, su sonrisa inolvidable. Al diablo con la austeridad. ¿Y los malditos asesinos? Quería vengarse. Salió corriendo con un cuchillo en la mano, pero de cocina y con antioxidante. Ya no estaban los miserables. Tomó entre sus manos el cuerpo de la agonizante, ¿ahora entiendes por qué siempre vuelvo? Golpeó la pared del caño, apretándola contra su pecho. El cuchillo le atravesó el páncreas y algunos otros órganos. This is the end, no more pictures, we ain’t friends… |